Kurahashi de los dioses

La belleza de la isla se celebra desde el siglo VIII.

Dejando la historia de lado, únicamente por la vista ya merece la pena el desvío por estas montañas densamente arboladas, que descienden hacia el mar a cada extremidad de Ka­tsuragahama y que confinan la playa en una bahía íntima en forma de media-luna. En las soñadoras aguas del mar Interior, las innumerables islas de las prefecturas de Ehime, Hiroshima y Yamaguchi van y vienen en la bruma cambiante como una flotilla de galeones fantasmas. Si llegáis a mediados de la semana es fácil encontrar un sitio bajo la sombra de los pinos con el sonido de las cigalas de fondo.
Kurahashi ya no construye navíos, pero perduran sus sólidos vínculos con el mar. Al final de la playa encontraréis el Museo de Historia de la Construcción naval de Nagato. Delante han instalado una réplica a tamaño natural del barco utilizado para transportar los enviados japoneses a China durante la dinastía Tang (618-907). Se asemeja a un palacio flotante con sus mástiles, su color naranja chillón y su impactante diseño.
Otro guiño al patrimonio marítimo de la isla se encuentra en la carretera detrás de la playa. Allí, tres navíos decorados están amarrados en un pequeño hangar para barcos de madera. En la noche del 17 de julio, los tres barcos se adentran en el mar para el festival de Kangensai en Miyajima para remolcar al Goza-bune. En este barco sagrado iluminado, los músicos tocan Gagaku, una música de coro. Este festival, que data de la era Heian (794-1185), es una de las celebraciones más importantes de Miyajima.
Mientras os relajáis en la playa, probablemente veréis a lo lejos el puente Kashima que brilla al sol en la punta sur de la isla. Si como a mí os resultan irresistibles los puentes marítimos japoneses, visitadlo antes de iros de Kurahashi. Cruzaréis pocos coches pero a pesar de ello se debe conducir con precaución, puesto que los ancianos de la ciudad tienen por costumbre dejar sus sillas en medio de la carretera para charlar mecidos por la suave brisa de la noche.
En el crepúsculo, las luces del puente del desierto de Kashima brillan sobre el agua como fuegos artificiales en la noche. Al otro lado del puente se encuentra la pequeña isla de Kashima. Quizás os toparéis con uno o dos jóvenes pescando sobre el espigón de hormigón, de otro modo el pueblo parece vacío. El único ruido que se oye es el suave crujido de las boyas de amarre de poliestireno, rozándose contra las quillas de madera de los barcos pesqueros amontonados en el puertecito.
Más tarde, a vuestra vuelta, podéis contar cómo es visitar un país tan superpoblado.

Steve John Powell

Cómo llegar
Saliendo de la estación de Tokio, tomar el Shinkansen hasta Hiroshima. Desde allí coger la línea Kure hasta la estación de Kure (30 min aproximadamente). El bus de la línea
Kure-Kurahashi se encuentra delante de la estación, en la plataforma 3. Descender en Katsuragahama-Onsen-kan.